Mostrando entradas con la etiqueta interrupción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta interrupción. Mostrar todas las entradas

VI

El uso eminentemente político de una amplia gama de interruptores de estado, dispositivos fundamentales en el entramado oscilante de la estabilización y la desestabilización, que abren o cierran el paso según la naturaleza del flujo y la valoración reglamentaria, es en especial evidente en las entradas y las salidas de espacios, territorios y servicios. Desde la habitación del piso al edificio entero, de la calle transitada o desierta a la ciudad, y desde el país al continente, por no hablar de la proyección al espacio exterior, regiones lunares y supralunares, presa de colonizaciones y exploraciones, es de vital importancia  controlar los puntos de entrada y salida de población, mercancías, animales e información. El control de acceso y de tránsito interno o externo, con sus correspondientes servicios de orden, infestan como una plaga el planeta entero y afectan a todas y cada una de las actividades, por inofensivas que parezcan; el más mínimo movimiento resulta sospechoso, excepto el propio de la interrupción y sus flujos biestables. La reorganización de las epidemias y sus criterios de validación, así como la futura implantación del escáner antropométrico, no son sino algunos indicativos de que la sospecha ha alcanzado al cuerpo y se ha convertido en el objetivo político prioritario, más que las consciencias, peligro potencial frente al que todas las medidas parecen pocas. Cuando el cuerpo es motivo de recelo, y estar vivo el problema, la preocupación es máxima; no tenemos otro, ni vidas de recambio. 

V

La interrupción es un don político, el don de la política, es imprescindible controlar los tiempos de las paradas y el momento propicio para la reanudación de los movimientos, prever las consecuencias y anticiparse a las acciones del adversario, tener preparadas las respuestas antes de que se formulen las preguntas, ser rápido en las reacciones, automatizar los medios de la producción, la gestión y la ejecución. El discurso es tan real como la propia realidad y hay que tratar a la realidad como si fuera un discurso que se ha de elaborar, retocar, modificar al infinito, hasta donde haga falta, sin importar a qué ni a quién afecte. Un hombre no es mejor que una palabra y nada lo diferencia, desde un punto de vista estratégico y funcional, de cualquier otro elemento sujeto al orden social. El evento político es neutro, neutraliza todas las oposiciones, no diferencia el suceso del actor, la intervención de lo intervenido, ni la obra del figurante. Nadie sobrevive en el mundo de la política si no sabe cuándo parar, cuándo recuperar las gestiones, acelerar las negociaciones, suspender las reuniones hasta nuevo aviso, cancelar los acuerdos y, sobre todo, si no sabe desaparecer, elegir el momento adecuado para apartarse de la primera línea, tomar distancia de posibles situaciones de riesgo.